“Hoy vale más un kilo de mandioca pelada que uno de yerba”

“Hoy vale más un kilo de mandioca pelada que uno de yerba. No por eso hay que dejar de pelear por el precio de la yerba, pero quiere decir que la producción de alimentos es una gran alternativa para los colonos”.
Así graficó Eugenio Kasalaba el potencial que tiene la provincia de Misiones como proveedora de verduras, hortalizas y frutas, no sólo para el consumo interno, sino también para abastecer otros mercados.

El reconocido dirigente agrario sabe de lo que habla, ya que hace más de 15 años fue uno de los principales promotores de la concreción de la feria franca de Oberá, un modelo de comercialización directa entre el productor y el consumidor que se extendió por más de 50 localidades de Misiones y alrededor de 150 a lo largo y a lo ancho de todo el país.
Fueron apenas siete los productores que participaron del primer día de feria franca, un frío 26 de agosto de 1995, pero fue tal el éxito, que hoy esa experiencia sirve de motivación para encarar la inauguración del Centro de Comercialización Fruti-Hortícola de la zona Centro, prevista para el próximo miércoles, en sede de la Cooperativa Agrícola Limitada de Oberá (Calo).
“En el 95 fuimos a Santa Rosa (Brasil) y vimos que con menos hectáreas, de dos a diez como mucho, losproductores abastecían su feria tres veces por semana, mientras nosotros con 25 hectáreas no sabíamos qué hacer”, recordó Kasalaba.
Eran los peores años de la crisis económica del Gobierno de Carlos Menem y, según el dirigente, “queríamos demostrar que otro modelo de producción era posible, que Misiones puede producir alimentos y que el productor puede comercializar”. Hoy, con los resultados a la vista, el tiempo les dio la razón a los impulsores de la feria.

La feria franca surgió en un momento de crisis, a mediados de los 90, una de las tantas que tuvo el país y afectó al sector primario.
Sí, si uno mira la historia se da cuenta de que en cada década fueron apareciendo crisis casi terminales para los productores. En los 60 la crisis empujó a muchos hijos de colonos a irse de las chacras y recuerdo que todos querían ir a Buenos Aires, porque allá había buen concepto de los misioneros y enseguida conseguían trabajo. Mi hermano, por ejemplo, consiguió trabajo en una fábrica y ahí se jubiló.
Pero también cuando él entró, en el año 1968, la fábrica tenía 700 obreros, y cuando se jubiló producían diez veces más y no llegaban a los 200 trabajadores.

¿Y cuánto afectó esa misma mecanización en la producción primaria de Misiones?
La yerba todavía no se mecanizó, pero el té sufrió un gran impacto con la tecnología y dejó a muchos obreros sin trabajo. Primero, de tener una cosechadora a mano que necesitaba tres personas para funcionar, dos que estiraban y un bolsero, con una lentitud de cosecha de 2.000 kilos por día, se pasó a una máquina con un tractor que cosechaba varios miles, pero igual se necesitaban dos o tres personas para atar el raído.
Más tarde se notó el gran cambio, con las máquinas más modernas que necesitan sólo una persona para cosechar. Entonces va mermando el personal y se pierde mano de obra.
Ni hablar con el tema del herbicida. No importa si la gente se intoxica o perdemos el suelo, con tal de no poner más personal. Esa es la mentalidad de mucha gente.
Fijate que hoy el Gobierno tiene que dar alimentos a los tareferos por la interzafra, porque no tienen trabajo. Pero antes había carpida, macheteada. Los peones tenían más ingresos, pero hoy la crisis no le permite al pequeño productor tener dos o tres obreros permanentes. Antes sí, y con aportes. Entonces, si actualmente el peón rural está en crisis, es porque el pequeño productor también lo está.

Sin embargo, las grandes empresas siguen creciendo…
Sí. En el caso de la yerba y el té se enriquecieron los secadores y molinos. En Campo Viera y la zona tealera hay empresas que tienen una hectárea de techo y hablan de crisis, dicen que no se exporta y que los precios son bajos, pero sin embargo van acaparando chacras.
Hay una empresa yerbatera de Oberá que tiene cien chacras sólo en Jardín América, son 2500 hectáreas de tierra y es una empresa que en los 70 no tenía nada. Por eso digo que las crisis también hicieron que las empresas yerbateras y tealeras y la dirigencia tabacalera se enriquecieran, pero a costilla de productores cada vez más pobres.

¿Eso ocurrió sólo por «viveza» de los empresarios o fue necesario un contexto propicio?
La primera concentración de tierras se produjo con la crisis yerbatera de los ‘90. Sin regulación de mercado, el colono empezó a vender la yerba verde y empezó a comer la cosecha del año y la mitad o el total del siguiente.
El secadero le daba adelantos y así el colono empezaba a endeudarse. El secadero le seguía dando plata y en dos o tres años se quedaba con la chacra o casi toda, porque le dejaba un pedacito al colono para que viva. Por ejemplo, vimos casos de hijas de colonos que eran empleadas domésticas en Oberá y les llevaban mercadería a los padres que vivían en la chacra. Así, el pequeño colono bajó a ser casi un mendigo.

Usted habló de los herbicidas. Como referente del Movimiento Agrario Misionero, ¿qué opinión tiene de un tema tan controvertido como son los agroquímicos?
Yo hablo con conocimiento de causa porque casi morí por culpa de los agrotóxicos que se usan en la plantación de tabaco. En el ‘86 me intoxiqué con furadán, un herbicida que está prohibido en otras partes del mundo y que acá se sigue usando, y estuve internado dos días. Ahí tomé real conciencia del veneno que imponen las tabacaleras y a lo que están expuestos los pequeños productores y sus familias.
Estaba pulverizando con el veneno y de golpe me empecé a sentir mal y cada vez peor. Mi hijo, que entonces tenía seis años, andaba por ahí y gracias a él creo que salvé mi vida. Tenía el Rastrojero en el galpón y sin arranque, pero había un pequeño desnivel y le dije a él que empuje y trepe arriba. Apenas llegué al Hospital y él llorando, corrió a llamar a alguien y contó que yo estaba mal.

¿De ahí nunca más tabaco?
No, nunca más. Además venimos denunciando las injusticias que padecen los productores, tanto por el sistema que utilizan las tabacaleras como las consecuencias en la salud por el uso de agroquímicos.
Siempre se plantó tabaco en Misiones, pero era el criollo que no necesitaba más que ceniza para crecer. El problema empezó cuando las empresas importaron el tabaco Burley, que al no ser autóctono requiere herbicidas.
Y la realidad demuestra que los productores están enfermos y cada vez más empobrecidos, mientras que las tabacaleras no paran de enriquecerse porque tienen todo el paquete armado: venden las semillas, los insumos, adelantan plata y el productor queda entrampado con la deuda, por eso no puede salir del sistema. Además, el tabaco requiere mucho cuidado y no puede hacer otro cultivo.

Pero la tierra es generosa y acá todo los que se planta crece…
-Sin ir más lejos, hace 30 años los colonos tenían té, yerba, tung, algodón. Incluso se plantaba soja. La soja entró al país por Misiones y después se trasladó a la Pampa Húmeda.
La soja llegó acá por Santa Rosa, Brasil, y se plantaba en la zona del Alto Uruguay. Aparte era nativa, no híbrida, como la que se planta ahora, y servía para el consumo humano. Además era un cultivo que fomentaba la solidaridad entre vecinos porque se planificaba la plantación para que no cosechen todos juntos, porque la soja tiene un lapso de maduración y en una semana hay que cosechar.

¿Hoy el colono es solidario? Porque uno ve que en las manifestaciones, cada vez más esporádicas, son pocos y siempre los mismo.
Después del proceso militar y con la llegada de la democracia, la gente empezó a manifestarse y a reclamar. Estábamos siempre en lucha pero no se solucionaba nada. Al final, el pequeño productor se movilizada y después eso le jugaba en contra, como también pasa ahora, porque no te quieren recibir el producto porque estuviste reclamando en la ruta. Eso hizo que las protestas fueran terminando, me parece.

¿Cómo que del reclamo pasaron a la acción?
Creo que siempre el colono estuvo en acción, porque aguantó las crisis. Así llegamos a los 90, donde nos quisieron imponer que la globalización era lo único que servía. El modelo liberal avanzaba para quedarse con todo y acá se terminó con la Crym (Cámara Reguladora de la Yerba Mate), y a nivel nacional desactivaron la junta reguladora de granos y carne.
De  90 centavos de dólar, en Misiones la yerba seca pasó a valer 30 centavos de dólar. Nos reuníamos con el gobernador Puerta y él nos decía: “Ustedes no son eficientes, tienen que trabajar el triple para ganar lo mismo que antes”.
Menem, Cavallo y Puerta nos querían correr e imponer el modelo globalizado. Puerta decía que Misiones tiene que ser forestal y turística, tiene que tener represas y no puede tener pequeños productores. Decían que Misiones ya no es agropecuaria, pero para nosotros había otro modelo posible y era dignificando la agricultura familiar.
Entonces, primero nos propusimos autoabastecernos y después ver qué hacíamos con lo que nos sobraba.

¿Y fue en ese momento que empezaron a pensar un modelo que derivó en la feria franca?
Sí. Incluso unos años antes aparece el PSA (Programa Social Agropecuario) para mejorar el autoconsumo, porque la gente ya dejaba de producir su alimento y entraba en la desesperación porque se les iban los hijos de las chacras y no veían futuro.
Ahí aparecieron subsidios y la verdad que la gente hizo maravillas. Con 200 pesos, por ejemplo, se podía comprar tejidos para huertas, pollitos y el colono empezó a mejorar mucho su autoconsumo.
En el 95 empezó a sobrar producción y nos animamos a plantear que no queríamos volver a ser intermediarios de la producción, porque acá en Misiones toda la producción la fija la empresa y paga según su criterio.
El PSA obligaba a trabajar en las zonas más carenciadas. Teníamos unos cien beneficiarios y la gente volvió a recuperar la dignidad, y de ellos mismos salió la iniciativa de vender la producción, lo que sobraba.

Siempre con la idea de evitar la intermediación…
Exacto, porque acá muchas veces el Estado fijó precios pero la empresa no paga lo que corresponde. Por eso le dijimos a la gente: “Ustedes producen, ustedes venden”. Y tengo que reconocer que entonces había algo de orgullo entre los productores y muchos hasta descartaron esa posibilidad porque no querían ir a una plaza con una mesita y vender verduras. Entonces hubo que cambiar la mentalidad y las mujeres fueron las que más se prendieron con la idea. Por eso siempre destaco que la mujer fue la gran impulsora del modelo de la feria franca.
Hacíamos jornadas de capacitación y trabajo, guiso de por medio al mediodía, y era convencer a la gente de tener confianza en si mismo. Y recuerdo que las escuelas colaboraron mucho cediendo el espacio, también gente del Inta (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), como Tito Kurtz.
Pero no sabíamos qué era la feria franca y entonces nos fuimos a Santa Rosa. En julio del 95 cruzamos el río Uruguay y la gente del municipio ya nos estaba esperando. Nos distribuyeron en casas de los feriantes y convivimos tres días con ellos.
Ahí vimos que pocas hectáreas, incluso dos, plantaban hasta su propio trigo para hacer la harina del pan con un molino comunitario.

¿Ese fue el modelo que les sirvió de inspiración?
Sí. En ese entonces la feria franca de Santa Rosa ya existía desde hacía casi 20 años.
Pero nosotros no la conocíamos. Sin embargo, en Europa hay mercados similares que tienen siglos de antigüedad, lo mismo en Centroamérica.
Me acuerdo que volvíamos de Brasil entusiasmados y pregunté quién se anima a empezar, y fue Gertrudis Rindfleisch quien dijo: “Yo me animo”, dentro de cuánto le preguntamos: “Y un mes”, contestó. Entonces alguien miró un almanaque y dentro de un mes justo caía un sábado, el 26 de agosto, y ese día empezamos.
Pero no queríamos salir como vendedores ambulantes, y ahí nos ayudaron mucho los medios locales, porque siempre comunicamos todo lo que fuimos haciendo.

¿Y qué apoyo tuvieron de la dirigencia?
En el Concejo Deliberante primero no nos recibieron tan bien porque el presidente era un mayorista de frutas y verduras y nos puso muchos palos en la rueda.
Incluso alguien nos dijo: “El sábado comienzan y si fracasan no hay más feria franca”.
Pero siempre fuimos optimistas y nos dijimos probemos hasta fin de año, a ver qué pasa.
El invierno del 95 fue muy frió y seco, por eso de los 40 colonos inscriptos, sólo siete pudieron estar presentes en la inauguración del 26 de agosto. Pero por suerte el público nos acompañó y a las 10.30 de ese primer día ya habíamos vendido todo.
Me acuerdo que Michel (Guilbart, ex presidente del MAM) nos dijo: “Todos nacemos con tres kilos y después crecemos”, y para nosotros fue una frase que nos inspiró mucho.
La aceptación de la feria franca fue tal, que a fines del 95 ya había ferias en Alem y Aristóbulo del Valle, y en el 98 se creó la primera de Posadas.

Desde el Gobierno nacional y provincial se habla mucho de incentivar la producción de alimentos. ¿El pequeño productor está viendo ese apoyo?
Hoy la presidente Cristina Fernández habla de producir alimentos y de la dignidad del pequeño productor. En la mitad de sus discursos habla de Argentina productora de su propio alimento y exportadora de alimentos. Creo que este Gobierno nacional hizo mucho por el pequeño agricultor, y nosotros soñamos con algún día abastecer Misiones. El colono no tiene que dejar la yerba ni el té, pero tiene que aprovechar el espacio y plantar otras cosas. Y la gente que está mal en la ciudad debería tener la posibilidad de acceder a un pedacito de tierra para autoabastecerse.
Debemos recuperar la capacidad de autoabastecernos que perdimos porque el té y la yerba tenían buenos precios y podíamos comprar la comida. Creo que también la provincia, con errores o no, está impulsando varios planes que se insertaron sin problemas porque existe un precedente. Existe la feria franca que demostró que podemos autoabastecernos. (territoriodigital)

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