Nancy Borges cultiva en Puerto Leoni 25 variedades de tomates reliquia, semillas antiguas conservadas de generación en generación. Su producción, nacida de la curiosidad y el aprendizaje autodidacta, hoy busca preservar sabor, diversidad y fomentar la huerta familiar.
Los tomates no siempre fueron todos iguales. Antes de la estandarización comercial, existían variedades de múltiples colores, formas y sabores que se transmitían de generación en generación. En Puerto Leoni, Nancy Borges trabaja justamente en la conservación de esos “tomates reliquia”, una práctica que combina historia, biodiversidad y producción sustentable a pequeña escala.
“Los tomates reliquia son tomates antiguos, digamos, que son conservados de generación en generación. Y se van transmitiendo de ese mismo modo, de la manera que se puede tener una pureza. De estos tomates en sabor, en color, en formas, esos son muy particulares y muy apreciados”, explica, y señala que muchas veces “no tienen la calificación o la importancia que por ahí merecen”.
Su experiencia con estas variedades comenzó hace pocos años, impulsada más por la curiosidad que por un plan productivo formal. “En el año 2022, por curiosidad, porque yo ya me he dedicado siempre a tener una huerta familiar, que sea lo más sustentable posible para la familia”, cuenta. Una publicación en redes sociales fue el disparador: “Vi sobre los tomates reliquia de una chica en Neuquén que producía y comercializaba semillas. En base a eso dije, bueno, voy a probar”.
El desafío no era menor. Se trataba de semillas adaptadas a otro clima y otro suelo. “Por ahí hay mitos en torno a eso, que por ahí al ser del sur no nos dan bien acá. Y, bueno, con la lógica de que son siembras de verano adaptados a las temperaturas de verano, fue que arranqué”, relata. La apuesta dio resultado: “Funcionó muy bien en el 2022. Tuvimos una abundancia de producción”.
A partir de esa primera experiencia, comenzó un proceso paciente de selección y conservación. “Fui recolectando. Vos imaginate que son cinco años de trabajo. Es un trabajo lento”, sostiene. Nancy remarca que todo el aprendizaje fue autodidacta, adquirido en la práctica, observando cada planta y cada fruto.
La productora detalla que pone especial atención en las primeras frutas de cada variedad. “De la primera fruta de cada variedad ahí se concentra el aire puro de la planta. Y es el que está adaptado a nuestro clima, a nuestro suelo”, señala. De allí extrae las semillas que luego guarda para volver a cultivar, en un proceso de adaptación progresiva que define como “un aprendizaje constante: error, acierto, error, acierto”.
Actualmente trabaja con unas 25 a 26 variedades en una prueba piloto. “Ahora estoy haciendo una prueba piloto, digamos, a ver cómo funcionan en verano, verano”, comenta, al explicar que antes no contaba con infraestructura para enfrentar las altas temperaturas misioneras. En esta etapa cultiva entre tres y cuatro plantas por especie para observar su comportamiento.
Algunas de las variedades que mejor se adaptaron son tipo cherry. “Hay una variedad que es impresionante de productiva que se llama yellow pear, es como una pera amarilla. También baby blue”, menciona, destacando que ambas respondieron muy bien al clima, al suelo y al agua de la zona.
Por ahora, la producción está destinada al consumo familiar. “En este momento solamente es para el consumo familiar. Y las semillas las conservo para mejorarlas”, explica. El sistema es de polinización abierta, sin esquemas cerrados ni manipulación genética, lo que también implica desafíos como el ataque de insectos, frente a los cuales buscan diversidad en la huerta como forma de equilibrio.
Nancy subraya las diferencias con el tomate comercial. “Es el sabor auténtico del tomate. No es el que compramos, el que estábamos acostumbrados a comprar en las verdulerías”, afirma. Señala que estos frutos no están pensados para largas cadenas de comercialización ni para durar semanas en góndolas, sino para el consumo directo, con mayor sabor y menor uniformidad.
Esa diversidad también se expresa en lo visual. Son tomates de distintos colores, formas y tamaños, algo que, según comenta, puede resultar atractivo para los más chicos, sobre todo cuando participan en la huerta y en la cosecha. Para ella, el contacto con la tierra es parte del aprendizaje alimentario.
A futuro, el proyecto busca crecer. “Queremos dedicarnos a la venta de semillas, plantines. Ese es el proyecto. Y esperamos que la gente acompañe y que todos tengan una huerta en sus casas”, señala. Su objetivo final va más allá de la producción: apunta a que más familias cultiven sus propios alimentos y así fortalecer la soberanía alimentaria desde lo local.
El propietario del secadero Agroindustrial Itatí SRL, de la localidad de Guaraní, explicó cómo la combinación de desplome de precios, plazos de pago cada vez más largos y tasas bancarias extremas, llevó a muchos secaderos a una situación límite. Detalló como muchos… pic.twitter.com/mCVN80OqKe
— misionesonline.net (@misionesonline) February 3, 2026



