Producir un lechón ya cuesta más de $9.000 el kilo y la competencia externa pone en jaque a los pequeños productores de Bonpland

La producción porcina de pequeña escala perdió fuerza en Bonpland durante los últimos años. De los alrededor de 20 productores que comenzaron vinculados a la Fiesta del Lechón, hoy quedan apenas seis o siete que continúan criando animales para la venta, en un escenario marcado por el fuerte aumento del costo del alimento y la competencia de la carne que ingresa desde otras provincias y Brasil.

Darío Behler, técnico agrónomo y concejal de Bonpland, explicó que la actividad comenzó a organizarse hace unos 12 años, cuando un grupo de productores se vinculó con el municipio para abastecer la tradicional Fiesta del Lechón y atender también la demanda de Posadas durante las fiestas de fin de año.

“Cuando comenzamos éramos un grupo de 20 productores que eran los que hacían la producción para el festival y todos los eventos que se hacían en el municipio”, recordó. En ese momento, los productores incluso habían conformado una cooperativa y realizaban compras conjuntas de alimento, una estrategia que permitía reducir costos y mejorar la rentabilidad de la actividad.

Sin embargo, el escenario cambió. Según Behler, el principal problema pasó a ser el costo de alimentación de los animales, especialmente porque Misiones no cuenta con una producción de maíz y soja a gran escala que permita abastecer a la actividad porcina con costos competitivos.

“En este último contexto, la producción se encareció mucho, lo que es el alimento que hay que darle a la producción de cerdo. Y muchos de los productores dejaron de producir”, señaló.

A esa dificultad se suma la competencia de animales y carne provenientes de otras provincias, principalmente de zonas productoras de granos como Entre Ríos y Santa Fe, donde los establecimientos pueden producir parte de su propio alimento. También mencionó el ingreso de productos provenientes de Brasil como otro factor que presiona sobre los precios del mercado local.

“Los costos que más o menos oscilan para producir un lechón hoy andan arriba de los 9.000 pesos el kilo”, indicó Behler, y explicó que los valores a los que ingresan animales desde otros lugares hacen cada vez más difícil que un pequeño productor misionero pueda competir.

De más de 20 madres a dejar la actividad

El propio Behler es un ejemplo de la reducción que atravesó la producción porcina de pequeña escala. En otro momento llegó a tener más de 20 madres en producción, pero finalmente decidió abandonar la actividad porque los números dejaron de cerrar.

“Tuve que dejar de producir cerdo porque ya no cerraban los costos de producción”, contó. Actualmente se dedica a otra actividad comercial, mientras observa que otros productores atravesaron un proceso similar.

“Yo en un momento llegué a tener más de 20 madres en producción, pero después tuve que tomar la decisión de dedicarme a otra cosa y dejar de producir cerdo”, relató.

La reducción también se refleja entre quienes todavía permanecen en el rubro. De los aproximadamente 20 productores que participaban en los comienzos, hoy son apenas seis o siete los que producen para la venta vinculados a la fiesta. La mayoría trabaja con escalas pequeñas, de unas tres o cuatro madres, mientras que los establecimientos con mayor cantidad alcanzan actualmente unas 10 u 11.

Para Behler, el problema no está necesariamente en la falta de demanda. Por el contrario, sostuvo que durante los años de mayor producción los productores de Bonpland lograban vender sus animales durante todo el año.

“La fiesta es una gran salida porque es un lugar donde el productor vende toda su producción”, destacó. En ese sentido, señaló que la actividad comercial se mantuvo, pero lo que se volvió cada vez más difícil fue sostener los costos necesarios para producir.

Una producción que demanda meses de trabajo

Sergio Nevel, productor porcino de Bonpland, conoce de cerca las exigencias de la actividad. Explicó que un animal destinado a la venta como lechón para espeto puede demandar entre seis y siete meses de crianza, dependiendo del sistema de alimentación y del desarrollo del animal.

“Un espeto, un lechón para tener acá en el espeto, lleva seis meses, seis meses a siete meses”, explicó.

La producción también requiere infraestructura específica. Los establecimientos cuentan con espacios diferenciados para las madres, los animales y la crianza, lo que representa una inversión adicional para los pequeños productores.

“¡Sí, mucha inversión, mucho gasto! Porque no es fácil criar un lechón, criar un chancho. Una madre come, todos comen. Y cuesta, ahora cuesta criar un chancho”, describió Nevel.

El alimento constituye nuevamente uno de los principales condicionantes. Los productores deben comprar maíz y balanceado proveniente de otras zonas, aunque algunos complementan la alimentación con cultivos propios de la chacra, como maíz y mandioca.

La competencia externa presiona sobre el productor misionero

El problema de Bonpland se inscribe en un escenario más amplio para la cadena porcina misionera. En los últimos meses, el presidente de la Cooperativa Frigorífica de Leandro N. Alem (COFRA), Ricardo Saraceni, también había advertido sobre la presión que generan los costos internos y el ingreso de productos porcinos provenientes de Brasil.

Según Saraceni, la diferencia cambiaria y la caída del precio del cerdo en Brasil favorecieron el ingreso de mercadería al mercado misionero, tanto por canales formales como a través del circuito de contrabando. Desde la cooperativa también señalaron el impacto que tienen sobre la cadena los costos laborales, energéticos y logísticos.

En ese contexto, los pequeños productores enfrentan una doble dificultad: deben adquirir insumos a valores elevados, mientras compiten con una oferta proveniente de regiones donde las condiciones para producir granos y alimentar a los animales permiten reducir costos.

Behler consideró que producir localmente el alimento para los cerdos tampoco resulta sencillo. “No tenemos la tecnología adecuada para la producción de alimento acá en Misiones”, explicó, y remarcó las diferencias en materia de suelos, maquinaria y escala frente a las grandes zonas productoras de granos del país.

Por eso, la competencia se convirtió en uno de los principales desafíos para quienes todavía sostienen la actividad. “El desafío es la competencia”, resumió el técnico agrónomo.

La Fiesta del Lechón como una salida para los que siguen

A pesar de la reducción de productores, la Fiesta del Lechón continúa representando una oportunidad comercial para quienes permanecen en la actividad. Los productores trabajan principalmente por pedidos y destinan sus animales tanto al evento como a otras celebraciones y consumidores de la zona.

Nevel explicó que su producción no está exclusivamente destinada a la fiesta, sino que abastece pedidos durante todo el año. “Todo a pedido”, señaló al describir el mecanismo de comercialización.

Para los productores que continúan, entonces, la dificultad no está en encontrar compradores sino en lograr que la actividad vuelva a ser sostenible. La demanda existe, pero el aumento de los costos y la competencia externa redujeron los márgenes hasta hacer que muchos productores abandonaran una actividad que durante años había sido una alternativa productiva para las chacras de Bonpland.

Así, detrás de la tradicional Fiesta del Lechón aparece una transformación silenciosa de la producción porcina local: menos productores, menos madres en los establecimientos y una actividad cada vez más concentrada en pequeñas escalas. Los que permanecen apuestan a la venta directa y al diferencial del producto misionero, mientras enfrentan el desafío de producir en una provincia donde el principal insumo de la actividad —el alimento— llega, en buena medida, desde fuera del territorio.

Últimas Noticias

- Advertisement -Newspaper WordPress Theme

Lo Último