Agachados entre la hojarasca del monte, los participantes observan troncos húmedos, ramas caídas y raíces expuestas. Cada hallazgo despierta preguntas. La escena se repitió este fin de semana en un campo privado de Candelaria, donde le proyecto Hongos de Misiones llevó adelante una jornada de reconocimiento de hongos silvestres que incluyó una recorrida por el monte, una instancia teórica y un almuerzo compartido.
La actividad forma parte de una serie de salidas que el grupo organiza desde hace varios años en la zona sur de la provincia, principalmente en Santa Ana y Candelaria, aunque también han realizado encuentros en distintos puntos de Misiones y del país. Durante la caminata, los participantes observan los ejemplares que aparecen en el entorno y aprenden a identificar características que permiten acercarse a su clasificación.
“Básicamente es salir a caminar, ver con lo que nos encontramos y cómo nos comportamos frente a ese hongo, e intentar llegar a saber qué es eso que estamos viendo”, explicó Saúl Lencina, uno de los fundadores.




El origen del proyecto se remonta a una curiosidad personal que con el tiempo se transformó en una iniciativa colectiva. Lencina vive en Misiones desde 2011 y fue la biodiversidad del entorno la que despertó su interés inicial.
“Me llamaba mucho la atención ver frutas, hierbas, vegetación por todos lados y también los hongos. Queríamos saber qué era eso, sacarle fotos, consultar e investigar”, recordó. Ese proceso llevó años de aprendizaje autodidacta, en un campo que describe como “muy técnico y complejo”, hasta que el grupo comenzó a comprender mejor el universo de los hongos.
Los primeros talleres se realizaron en 2018 y, con el paso del tiempo, el proyecto fue tomando una forma más estructurada. En la actualidad, organizan salidas entre marzo y septiembre u octubre, con una o dos actividades por mes. Además, el año pasado publicaron un libro sobre la temática.



El género Hexagonia es un tipo de hongo que crece sobre la madera y se alimenta de ella. Estos hongos ayudan a descomponer los troncos y ramas muertos, especialmente en zonas tropicales, y gracias a ese proceso los nutrientes vuelven al suelo y pueden ser aprovechados por otras plantas y organismos.
La propuesta busca ir más allá de la curiosidad inicial que suele llevar a muchas personas a participar. Según explicó Lencina, la pregunta más frecuente está vinculada a cuáles hongos pueden comerse, aunque el enfoque del proyecto apunta a algo más amplio.
“En general la mayoría viene porque quiere saber cuál es el que se puede comer. Para nosotros es un buen pie, pero focalizamos más en identificación y en comprender el rol que tienen los hongos en el ambiente”, señaló.


Durante las salidas, los organizadores comparten herramientas para observar detalles, reconocer géneros y comprender el papel que estos organismos cumplen en los ecosistemas. La invitación, aseguran, es que cada participante continúe luego su propio proceso de investigación.
“Nosotros no enseñamos nada en el sentido académico. Compartimos lo que hacemos cuando vemos un hongo y alentamos a la gente a investigar por su cuenta. Les decimos siempre que duden de todo, que refuten lo que escuchan y que sigan aprendiendo”, afirmó.


Los Auricularia son hongos que crecen sobre madera muerta o troncos húmedos, especialmente después de lluvias. Tienen una forma muy particular: son gelatinosos y con aspecto de oreja, por eso en muchos lugares se los conoce como “oreja de árbol”.
El proyecto también intenta tender puentes entre distintos tipos de conocimiento. En las actividades han participado desde aficionados hasta profesionales de áreas científicas, lo que genera un intercambio enriquecedor.
“Han venido muchos biólogos y al principio me daba un poco de miedo, porque yo no soy biólogo. Pero lo que nos dicen es que entienden muchas cosas con otras palabras, desde una mirada más terrenal”, contó Lencina.


Los Ganoderma también crecen sobre madera, pero muchas veces lo hacen en árboles vivos. En esos casos pueden enfermar o debilitar al árbol, porque atacan la base del tronco o las raíces y provocan pudrición. Algunas especies, además, son muy conocidas porque se estudian por sus posibles propiedades medicinales.
La experiencia de campo y la recolección tradicional ocupan un lugar central en la propuesta. Para el organizador, en gran parte del mundo la recolección de hongos tiene un fuerte componente cultural que puede dialogar con el conocimiento científico.
“La recolección, en general, es más cultural que científica. Está bueno poder unir ambas cosas: la parte científica con la experiencia de quienes recorren el monte”, señaló.

Los Simatoperma son hongos que crecen sobre madera muerta, generalmente en troncos o ramas que ya están en proceso de descomposición. Como otros hongos del monte, ayudan a degradar la madera y reciclar nutrientes, permitiendo que esos elementos vuelvan al suelo y alimenten al ecosistema.
Uno de los mensajes que más se repite durante las jornadas tiene que ver con la responsabilidad. Los organizadores insisten en que no existe una regla simple para determinar si un hongo es comestible y que cada especie debe conocerse con precisión.
“No hay un color, un olor o una regla general. Tenés que conocer hongo por hongo para saber si se puede comer o no. Por eso siempre hablamos de responsabilidad con uno mismo y con el entorno”, remarcó.

Los Trametes son hongos que crecen sobre troncos y ramas muertas, y se encargan de descomponer la madera. Al hacerlo producen lo que se llama pudrición blanca, porque degradan la lignina (una sustancia dura de la madera), dejando la madera más clara, blanda y fibrosa.
Para quienes participan de estas recorridas, el proceso suele comenzar con la curiosidad y continuar con la investigación. Con el tiempo, esa mirada más atenta transforma la manera de recorrer el monte y de relacionarse con su biodiversidad.
“Si lo hacés responsablemente, a la larga vas a saber cuál se puede comer y cuál no. Pero lo importante es hacerlo con paciencia, cuidado y respeto”, concluyó Lencina.









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