Productor radicado en Eldorado logró adaptar el cultivo de uva bajo invernadero, con rendimientos competitivos y elaboración de vino propio, como estrategia para diversificar y mejorar la rentabilidad frente a los altos costos hortícolas.
En una provincia donde la producción suele asociarse a la yerba, el té o el tabaco, Leonardo Ochoa decidió ir por otro camino. Productor hortícola y vitivinícola radicado en Eldorado, su historia no está marcada por la tradición, sino por la búsqueda constante de alternativas que le permitan sostener la rentabilidad. “Hay que buscar la forma”, resume, como síntesis de un recorrido que lo llevó a instalar un cultivo que pocos imaginarían viable en Misiones: la uva.
Ochoa llegó a la zona entre 2016 y 2017. Sus primeros pasos fueron en la horticultura a campo abierto, con morrón y lechuga. Con el tiempo, y a partir del asesoramiento técnico, incorporó invernaderos, lo que le permitió sumar tomate, pepino y más hortalizas bajo cubierta. Sin embargo, pronto se topó con una limitante estructural: la fuerte dependencia de la oferta externa que impacta directamente en los precios.
“Cuando entra tomate de afuera, el precio baja impresionante. Hoy una caja la tenés que vender a 12 o 13 mil pesos”, explica. El problema es que el costo de producción no acompaña esa baja. Solo el sobre de mil semillas híbridas adaptadas a la zona ronda entre 300 y 380 mil pesos. Con ese material se pueden obtener entre 300 y 380 cajas, pero el margen queda ajustado frente a la volatilidad del mercado.
Con ese escenario, decidió diversificar. “Como el costo del tomate, pepino y morrón es muy elevado, me empecé a asesorar por las uvas”, cuenta. La respuesta inicial que recibió fue negativa: que el clima misionero no era apto. Lejos de abandonar, buscó genética adecuada y asesoramiento técnico. “Traje un par de plantas, y en el mismo año produjo, salieron unos racimos”, recuerda.
Un análisis de suelo y clima, realizado junto a un ingeniero, confirmó que ciertas variedades podían adaptarse. Hoy tiene alrededor de 700 plantas de parra y resultados que define como “muy buenos”, con una condición clave: el cultivo bajo techo. “Tiene que ser bajo invernadero, como la hortaliza”, señala, destacando el control de humedad como factor central.
Trabaja con variedades miñagra (blanca y rosada), bordó y otras, siendo la miñagra blanca la que mejor respuesta muestra. Con esa uva incluso elabora vino. “Hice vino de miñagra blanca y salió muy bueno”, afirma, integrando así valor agregado a la producción primaria.



El manejo sanitario es uno de los ejes técnicos más exigentes. La humedad favorece hongos y ácaros, por lo que el enfoque es preventivo. “El hongo no se cura, se previene”, explica, detallando que aplican productos para fortalecer la planta antes de que aparezca la enfermedad. El invernadero permite reducir el impacto de lluvias y regular el ambiente, algo imposible a la intemperie.
A eso se suma una particularidad geográfica: su chacra está cerca del río Paraná y frente a zonas productivas de Paraguay donde se realizan pulverizaciones aéreas. “La parra es muy sensible a herbicidas, y a veces los residuos vienen con el aire”, advierte, marcando un condicionante externo que también debe gestionar.
En cuanto a infraestructura, cuenta con varios invernaderos, tanto para hortalizas como para uva, y combina riego por goteo y aspersión. “Para mantener la humedad de la planta, sobre todo en la polinización”, detalla. El resultado son rendimientos que ubica entre 300 y hasta 400 cajas por estructura, cifras que considera competitivas frente a otras producciones regionales.
La comercialización también está diversificada. Parte de la uva se vende como fruta fresca —a unos 25 mil pesos la caja— a verdulerías, revendedores y en el Mercado Concentrador, donde tiene un puesto. Otra parte se transforma en vino: este año elaboró unos 800 litros, que también comercializa. “La gente busca mucho porque es algo natural”, comenta.
Ochoa también destaca el acompañamiento técnico del IMaC, estudiantes y equipos vinculados al ámbito agropecuario. “Ayudan mucho, traen lo que saben y uno aprende”, señala, valorando el intercambio como parte del proceso de mejora continua.
Su experiencia con la uva no es un punto de llegada, sino un paso más en una lógica de prueba y adaptación. Ya está ensayando con cacao y café. “Yo creo que acá en Misiones se puede, hay que buscar la forma nomás”, insiste.

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