Una historia de adaptación y eficiencia: La Elisa consolidó en la frutilla un modelo que aprovecha cada recurso

La empresa familiar de Bella Vista, Corrientes, atravesó distintas actividades agropecuarias hasta especializarse en la producción de frutilla. Hoy trabaja sobre 25 hectáreas con un sistema que combina aportes de materia orgánica, fertilización química en menor proporción y camellones que se mantienen campaña tras campaña. A eso suma cosecha directa y cadena de frío para abastecer mercados exigentes del país.

En la cuarta sección de Bella Vista, en el paraje Desmochado, la historia de Frutillas La Elisa se construyó a lo largo de tres generaciones y estuvo marcada por una constante: la búsqueda de nuevas alternativas productivas. Lo que comenzó con una pequeña producción familiar de horticultura pasó por el tomate, el morrón, el tabaco, el arroz y la ganadería hasta encontrar en la frutilla una actividad sobre la cual concentrar los esfuerzos de la empresa.

Walter Arturo Alegre, uno de los hermanos propietarios, cuenta que la tradición productiva comenzó con su abuelo, quien trabajaba como encargado de una estancia pero mantenía una producción agrícola propia. Con el tiempo, su padre profundizó ese perfil y convirtió al campo en una empresa familiar dedicada a distintas actividades, hasta que las propias características de los cultivos llevaron a definir un nuevo rumbo.

“Nos dimos cuenta que el tomate, el morrón y la frutilla casi no se podían trabajar juntos porque se superponían en la época de cosecha y producción”, explicó Alegre. A partir de esa experiencia, la familia decidió concentrarse en la frutilla y dejar de lado aquellas actividades que competían por los mismos recursos y momentos del año.

La decisión no respondió solamente a una cuestión de precios. Fernando Maidana, ingeniero agrónomo y asesor de la familia desde hace 18 años, explicó que también pesaron las condiciones productivas de la zona y la posibilidad de contar con distintos destinos para la fruta. Bella Vista y su área de influencia tienen una fuerte tradición hortícola y una importante disponibilidad de mano de obra especializada en el cultivo.

Pero además existe una característica que vuelve particularmente atractiva a la frutilla: la posibilidad de aprovechar prácticamente toda la producción. La fruta que no se comercializa en fresco puede destinarse a la industria, mientras que otra parte encuentra salida en heladerías y empresas de menor escala.

“La frutilla tiene algo interesante: no se desperdicia nada. Lo que no se puede vender en fresco va a industria”, señaló Maidana. En la zona funciona una industria que concentra buena parte de la fruta destinada a procesamiento, lo que permite a los productores contar con una alternativa comercial cuando las condiciones del mercado fresco cambian.

Un sistema que busca aprovechar cada recurso

La especialización en frutilla también llevó a la familia Alegre a revisar la manera de producir. Uno de los principales cambios ocurrió hace alrededor de una década, cuando decidieron dejar atrás la práctica habitual de roturar los lotes y construir nuevos camellones cada campaña.

Actualmente, las 25 hectáreas de frutilla de La Elisa se trabajan sobre camellones fijos. Cada año se retira el mulch plástico y la cinta de riego, se realiza una roturación superficial y se vuelve a incorporar materia orgánica en la misma línea.

La clave está en el compost. El establecimiento produce su propio abono a partir de materiales disponibles en el entorno y busca reducir tanto los costos como la necesidad de trasladar insumos desde otros lugares. Para elaborarlo utilizan mantillo de laguna recolectada años atrás (durante una sequía), estiércol bovino, guano proveniente de criaderos de pollos de Entre Ríos y aserrín de eucalipto, además de levaduras y activadores de la descomposición.

El resultado es un sistema en el que la materia orgánica dejó de ser un complemento para convertirse en una parte central del manejo del suelo. Todos los años se incorporan alrededor de 30 toneladas de compost de producción propia, previamente analizado junto con el suelo para determinar qué necesita el cultivo.

El objetivo tiene una explicación agronómica concreta. Los suelos de la zona son predominantemente arenosos y tienen una baja capacidad de retención de nutrientes. El aporte sostenido de materia orgánica permite mejorar esa condición y generar una estructura capaz de retener durante más tiempo los nutrientes que necesita la planta.

“Lo que metafóricamente hicimos con el compost fue que el suelo se comporte como una esponja”, explicó Maidana. De esta manera, se busca que los nutrientes permanezcan disponibles para la planta y disminuir las pérdidas por lixiviación.

Ese manejo también modificó progresivamente el esquema de fertilización. Según explicó el ingeniero, actualmente alrededor del 70% de los insumos utilizados en la producción de frutilla son de origen orgánico, mientras que el 30% restante corresponde a fertilizantes químicos.

El objetivo no es eliminar completamente los insumos químicos, sino utilizarlos de manera más precisa y en una proporción mucho menor que años atrás. “Es eminentemente necesario el uso de fertilizantes químicos, pero ya en muy pequeña cantidad con respecto a años anteriores”, sostuvo Maidana.

El criterio se completa con análisis de suelo y compost y con aplicaciones focalizadas cuando aparece un problema específico. El establecimiento trabaja además bajo normas de buenas prácticas agropecuarias y presta atención a la presencia de insectos benéficos y otros indicadores del equilibrio del sistema.

Una fruta que debe llegar en perfecto estado

La búsqueda de eficiencia no termina en el suelo. En un cultivo tan perecedero como la frutilla, reducir el manipuleo y sostener la cadena de frío es fundamental para conservar la calidad.

Por eso, uno de los cambios implementados por La Elisa fue la cosecha directa. El trabajador toma la fruta una sola vez y la coloca directamente en el envase en el que será enviada al mercado. Desde allí pasa a las cámaras de frío, donde se baja la temperatura hasta aproximadamente 0 °C, y luego continúa hacia los camiones térmicos.

La diferencia con el sistema tradicional está en la cantidad de veces que la fruta es manipulada. En el esquema convencional, la frutilla puede pasar del recipiente del cosechero a otro envase, luego a una mesa de clasificación y finalmente al packaging que llegará al consumidor. Cada traslado implica golpes y pérdidas.

“Eso daña la fruta impresionante”, explicó Alegre, al remarcar que el sistema de cosecha directa permite reducir el manipuleo y conservar mejor el producto.

Esa estrategia está vinculada también con el mercado elegido por la empresa. En lugar de concentrarse únicamente en los destinos más cercanos, La Elisa trabaja con mercados de Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba, Neuquén y, en algunos casos, Mendoza, donde la presentación y la calidad tienen un peso importante.

“Tratamos de hacer un trabajo diferenciado siempre”, sostuvo Alegre. La logística, en ese sentido, forma parte de la producción: la calidad que se obtiene en el lote debe mantenerse hasta que la fruta llega al comprador.

Producir más allá del volumen

Actualmente, La Elisa trabaja con alrededor de 12 variedades de frutilla, aunque algunas concentran mayor superficie que otras. Los plantines se producen en el sur del país y llegan al establecimiento para ser implantados entre marzo y abril.

En la zona, el promedio productivo ronda las 35 a 40 toneladas por hectárea al año. Sin embargo, el crecimiento de la empresa no depende únicamente de ampliar superficie. Uno de los principales límites está en la disponibilidad de mano de obra durante la cosecha.

Para las 25 hectáreas, Alegre estima que se necesitan entre 200 y 250 trabajadores en los momentos de mayor demanda. Actualmente trabajan con unas 120 a 130 personas, una cantidad que permite sostener el ritmo de cosecha mientras las condiciones climáticas acompañan.

La frutilla, entonces, terminó siendo mucho más que el cultivo que reemplazó a otras producciones. Se convirtió en el eje de un sistema donde la familia busca combinar experiencia, asesoramiento técnico, aprovechamiento de recursos y tecnología para hacer más eficiente cada etapa.

La historia de La Elisa continúa, además, con una cuarta generación que comienza a acercarse a la actividad. Aunque la familia incorporó recientemente una cabaña Braford, la frutilla sigue siendo el centro productivo sobre el que se construyó esta nueva etapa de la empresa familiar.

Después de décadas de probar distintas alternativas, el camino elegido parece estar menos relacionado con producir más por producir y más con encontrar formas de aprovechar mejor el suelo, los insumos, la fruta y el trabajo, desde el camellón hasta la llegada de una caja de frutillas a los mercados más exigentes.

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